14 de julio de 2013

Canción para Lyndis, Capítulo 1


La lengua de la creación




Poco tiempo después de sus primeras palabras, el niño permaneció intacto a las heladas, como si éstas se hubieran apiadado especialmente de él para verlo sobrevivir entre los hombres que habitaron en el Bosque de la Creación. Su existencia fue conocida gracias a la frágil voz de su llanto: una melodía que transmitía sentimientos profundos y quebraba el corazón de cualquiera que la escuchase. Fue la princesa del bosque quien lo descubrió, confundido e indefenso, en la noche más oscura de sus días. Se sintió tan conmovida por las notas de su lamento que le cobijó con un abrazo cálido que reconfortó su espíritu con las palabras más dulces de su alma. —No estás sólo —le dijo—, desde ahora formarás parte del bosque y su familia espiritual. Y cuando venga la más sórdida de las tempestades, recuerda que a tu silencio le acompaña el viento que silba entre las copas de los árboles, el ulular arrullador de las lechuzas, el aullido protector del lobo, el murmullo de los ríos, la compañía eterna de las rocas y mi pensamiento que estará siempre contigo.
La gente del bosque sabía bien que el niño no era como ellos; su cabello color ceniza, su piel pálida, sus ojos grises y sus orejas puntiagudas lo delataban: no había nacido con la misma sangre que ellos. Sin embargo poco les importó aquello; le tomaron como a uno de sus hermanos y todos gozaban de entregarle su cariño y su cuidado. Las bestias más fieras lo honraban cobijándolo con la piel de sus difuntos, mientras que otras más nobles entregaban su carne para mitigar su hambre; los árboles le daban frutos para mitigar su sed y el pueblo Nah’hul lo enseñaba a hablar en la lengua de los hombres. Bajo esta protección, a Félix nada le preocupaba más que conocer a su antojo las delicias que brindaba la naturaleza. Iba y venía libremente por dondequiera que sus pies lo llevaran y exploraba cada rincón del bosque tanto como su curiosidad se lo permitiera.
Pero lo que más le fascinaba era descubrir el inmenso mundo auditivo que alrededor suyo. Y él poseía un oído especial para escucharle.

5 de julio de 2013

CANCIÓN PARA LYNDIS

PREFACIO

A principios de 2013, comencé a escribir una historia sobre alquimistas, saltimbanquis e imperios belicosos. Siempre mencionaré esto como el comienzo de la Tierra Eterna, es decir, la forma en que denomino al «mundo» en el que se desarrolla Canción para Lyndis, aunque en el relato no se diga expresamente ese nombre.

¿Por qué hablar de esto y no de la historia del «músico del solsticio»? La respuesta es muy sencilla: CPL surgió a penas como un intento de poner en orden los antecedentes de este otro relato, el cual solía ser el proyecto de fantasía por el que creí que comenzaría a narrar las memorias de la Tierra Eterna.

No obstante, conforme iba arrojando las primeras líneas acerca de lo de Félix, me fui dando cuenta de que esta narración a penas tiene algo que ver con su historia originaria. Entonces comencé a pensar que tal vez valdría la pena desarrollarla como algo a parte. Y eso he hecho hasta ahora.

Creí que este título terminaría con un cuento dividido en siete partes muy delimitadas. Aquel fue mi primer intento de sacarla de mi «tintero»; de ese relato ya sólo conservo el recuerdo de lo que fue un primerísimo borrador que sentó las bases conceptuales de lo que ahora he estado haciendo con Canción para Lyndis. Porque, mientras más correcciones hacía, más me daba cuenta de que en verdad me hacía falta expresar aún más de esta parte de la historia de Tierra Eterna, este momento al que denomino  como Los Días del Maná

La verdad es que ahora ya no sé bien hasta dónde llegaré con Canción para Lyndis, ya que mientras más apuntes hago, más me doy cuenta de lo mucho que puedo exprimirla. Me da gusto, principalmente, porque este es mi primer ejercicio de novela (o creo que a eso se le parece), y no me habría gustado hacer la prueba y error con la historia originaria. Porque ese texto seguirá en el tintero con el cariño que le tengo desde hace más de diez años, cuando a los doce de edad (aproximadamente) comencé a trazar en la imaginación lo que ahora se ha transformado en ideas, si no más coherentes, o «buenas», por lo menos claras y concretas.

Así pues, mientas el proyecto original está parado por la prudencia, Canción para Lyindis ocupa gran parte de mi atención literaria (y mi poco tiempo para escribir), de modo que procuraré que este borrador en blog sea lo suficientemente capaz de transmitir a los lectores una historia amena. Por eso, agradezco a quienes se hayan dado la vuelta por aquí y que todavía están leyendo este intento de prefacio.

¡Nos leemos (espero) una vez al mes (cuando menos), con Canción para Lyndis!

ATTE:
Enrique Bardo, 2013.