18 de noviembre de 2013

Canción para Lyndis, Capítulo 4


En compañía de sombras





El día en que se anunció su nombramiento terrano, Félix supo que se le había agotado el tiempo. Jamás gozaría de las mismas libertades una vez que asumiera su posición como protector de la familia espiritual. —¿Qué hace el Hul’An’Khan para reinar? —preguntó alguna vez a sus hermanos del bosque, pero la respuesta fue confusa: «El rey terrano es aquél que da esperanza a los suyos; conoce a su gente de hito a hito, inspira a superar las debilidades y alienta a que las fortalezas se usen con honor y justicia. El poder de nuestro rey será el de gobernar con el corazón lleno de fuerza, valor y sabiduría».
La verdad es que tales argumentos no le convencían; le aterraba cumplir con ese destino impuesto. Había visto incontables batallas entre las bestias comunes, que con uñas y dientes se desgarraban los cuerpos y las vidas. Había presenciado cómo los Nah’hul se convertían en hombres y se valían de sus ventajas físicas para dominar la naturaleza. Félix no entendía qué admiraban de él, quien por más que lo intentara, ni podía convertirse en bestia y enfrentarse a los demás, ni conseguía disparar una flecha, asir una lanza o demostrar talento en cualquiera de las habilidades de los aldeanos híbridos.
Durante su corta edad, el joven no había hecho más que cantar y conocer el bosque. Sabía que sus aptitudes no se comparaban con lo que la familia espiritual esperaba de él, aunque todos insistían en lo contrario. Y mientras más pensaba en la mujer de los ojos dorados, sus deberes próximos le importaban cada vez menos. Pero el nombramiento era inevitable; nada podía hacer contra la ley del bosque.
Nada sino emprender, en esa misma noche, un viaje hacia el destino con el que sólo él había soñado y que sólo él parecía entender.
Lo que encontró en el Camino del Silencio no se parecía a sus sueños. En ellos, la mujer de los ojos dorados lo conducía por una senda rodeada de árboles retorcidos y de apariencia arcaica; sombras que se alzaban con imponente altura y que se desfiguraban para componer una calzada oscura a través de la que podía distinguirse, en el fondo, un resplandor tenue, pero cálido; suficiente para iluminar su andar hacia lo más recóndito del camino.
Pero en la realidad, ni esa ni otras luces existían en el Camino del Silencio. Tampoco sonidos que lo guiasen hacia ningún sitio, o que le anunciaran alguna fortuna, buena o mala. Las sombras se extendían delante suyo hasta perderse en el corazón de lo inmenso. Aun así, siguió avanzando. Ya había cruzado el umbral de lo antes se habría creído capaz de andar y nada le motivaba a volver.
Paulatinamente, el frío se hacía presente con una intensidad parecida a la del Largo Invierno, y las penumbras lo sobrecogían hasta que ya ni sus pasos le afirmaban si vivía o no, si habían transcurrido horas o años desde que abandonó el hogar, si avanzaba despierto, o hacía tiempo que dormía y aquello que se presentaba ante él formaba parte de otro de sus sueños.
Más allá de lo que la mujer de los ojos dorados le había mostrado hasta el momento, lejos de lo que sus agudos sentidos habrían podido percibir, a través de la luz que ilustró innumerables de sus expediciones oníricas, un gran ojo se abrió para observarlo. Félix oteó en el interior de su pupila, como si esta fuera una ventana hacia lo inalcanzable. En su interior encontró un claro del bosque que nunca había visto. En el centro había un gran arco, construido con piedras talladas, perfectamente acomodadas, que revelaba la entrada hacia una estancia lóbrega. En su interior, el joven vio la figura de un hombre cansino, la piel pegada a los huesos, la mirada gacha y el rostro cubierto de cabellos ralos, color ceniza, llenándole el semblante de sombras.
El sujeto pareció enterarse de la presencia de Félix, en la distancia, pues volvió la mirada y atravesó con ella la puerta de la estancia que se veía en el claro, a través del ojo por el que Félix había estado observando desde que cayó dormido, entre los arbustos del  Camino del Silencio. Y sus miradas se cruzaron fugazmente. El joven creyó reconocer lo que esos ojos suplicantes querían decirle. «Cuida de Lyndis» escuchó justo antes de abrir los ojos. Creyó haberle visto pronunciar tales palabras, pero no estaba seguro de ello, pues ya la oscuridad, intensa y agobiante, se había apoderado del entorno.
 Ese sentimiento de nostalgia inefable que le dejó el encuentro con el hombre no tardó en convertirse en miedo. Jamás se había sentido más solo e indefenso. Jamás el silencio le había parecido tan amenazante. Jamás los sonidos de su mente le habían parecido tan incomprensibles…

Entonces cayó en cuenta de que lo que escuchaba no provenía de su interior, sino de algún sitio a su alrededor. El sonido se aproximaba. Nunca le había ocurrido algo semejante: sentir una presencia sin escuchar la música de su ser. La única certeza que tenía de la situación era que por primera vez sentía lo que es el temor ante el peligro; la verdadera lucha de la vida y la muerte. O mejor dicho, su vida y su muerte. Se preguntó, por un breve instante, si los atributos de Hul’An’Khan que tanto le habían observado le servirían ante lo que se avecinaba. La respuesta en su interior no nada alentadora.

Enrique Bardo - 2013
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22 de septiembre de 2013

Canción para Lyndis, Capítulo 3


Naturaleza Terrana



«¿Quién es la dama que deambula cerca del Camino del Silencio?», preguntó Félix a la princesa, pero ¿cómo explicarle la verdad? ¿Sería mejor que encontrara respuestas por sí mismo? Cuando el niño llegó al bosque, el frío mortal del Largo Invierno ya había cobrado la vida de los mestizos que no partieron al exterior para venerar a los «dioses verdaderos». Ni siquiera su madre, la hermosa mujer que llegó allí con el recién nacido en brazos, había sobrevivido para transmitirle las memorias que podrían haberle unido al mundo, en donde el niño no era más que un bastardo de la historia.
—Debe ser un alma que pena sin saber a dónde ir. Nada puede hacerse por los espíritus más que dejarlos atender sus asuntos—. Como siempre, la respuesta fue enigmática; la princesa del bosque temía de la verdad y sus consecuencias, así que optaba por esconderla tras verdades a medias que el joven tomaba como misterios por resolver. Quizás por eso el joven exploraba el bosque, incansable y sin freno. Constantemente se dirigía hacia el Camino del Silencio y volvía con el rostro aun más plagado de dudas.

18 de agosto de 2013

Canción para Lyndis, Capítulo 2


El último sol de invierno



Aquel bosque era como una mancha enorme en el centro del mundo y su vastedad era delineada por el anillo de montañas afiladas que lo resguardan de la historia escrita por los hombres. Su extensión no conocía límites hacia el interior, donde la nieve había borrado toda traza de caminos que conformaban una red de enredados laberintos. Félix trató de recorrerlos en más de una ocasión, con la esperanza de conocer el territorio que gobernaría una vez convertido en el rey terrano. No obstante, siempre terminaba perdido y sólo su conocimiento de las voces fuera del laberinto lo ayudaban a salir vivito y coleando.
Pero aun con tan accidentados intentos, estaba decidido a desentrañar el secreto del que le habían contado; semejante derecho le correspondía como futuro Hul’An’Khan, o al menos eso pensaba. «Quien encuentra la forma de andar por el “Camino del Silencio” puede encontrarse con el origen de todo; pero los caminos del bosque confunden a quienquiera que les visita. Así fueron hechos para guardar celosamente el secreto de la creación». Esa fue la advertencia de la princesa del bosque cuando Félix manifestó su inquietud de explorarlo.