El último sol de invierno
Aquel bosque era como una mancha enorme en
el centro del mundo y su vastedad era delineada por el anillo de montañas
afiladas que lo resguardan de la historia escrita por los hombres. Su extensión
no conocía límites hacia el interior, donde la nieve había borrado toda traza
de caminos que conformaban una red de enredados laberintos. Félix trató de
recorrerlos en más de una ocasión, con la esperanza de conocer el territorio
que gobernaría una vez convertido en el rey terrano.
No obstante, siempre terminaba perdido y sólo su conocimiento de las voces
fuera del laberinto lo ayudaban a salir vivito y coleando.
Pero aun con tan accidentados
intentos, estaba decidido a desentrañar el secreto del que le habían contado;
semejante derecho le correspondía como futuro Hul’An’Khan, o al menos eso pensaba. «Quien encuentra la forma de
andar por el “Camino del Silencio” puede encontrarse con el origen de todo;
pero los caminos del bosque confunden a quienquiera que les visita. Así fueron
hechos para guardar celosamente el secreto de la creación». Esa fue la
advertencia de la princesa del bosque cuando Félix manifestó su inquietud de
explorarlo.
Durante sus expediciones, el niño fue aprendiendo nuevas y cada vez más inextricables melodías. Pero mientras más se internaba en el bosque, mayor era el silencio que lo envolvía y más hondo e inexplicable su temor por seguir adelante.
Hasta que una mañana neblinosa
escuchó una música de tonalidades distintas a las de cualquier otra que pudiese
reconocer. No provenía de la naturaleza, sonaba articulada y armoniosa; le
hacía pensar en el insistente repiqueteo de las estrellas y el palpitante deseo
de los melancólicos por alcanzarlas.
Félix trató de seguir el hilo
de la canción, pero no había un orden determinado en aquellas notas. Mientras
más escuchaba, más se convencía de que semejante belleza hablaba en un idioma
que sólo él podía entender. ¡Era como si escuchara la melodía de su propia
alma! Aquello lo seducía para ir hasta donde nunca se había atrevido.
La música fue encontrando un
acompañamiento inigualable: era la voz más hermosa que jamás creería conocer;
más hermosa, incluso, que la suya. Era el canto de una mujer. Música y voz,
seguían llamándolo entre los árboles, sobre la nieve, a través de los días y
las noches, hacia el centro de los laberintos, hacia lo más desconocido, hacia
un lugar prohibido…
Y entonces la vio…
El silencio era absoluto, la
nieve portaba el resplandor azul de la luna sobre los árboles y entre las ramas
cada vez más estrechas y los arbustos más tupidos, ella estaba allí, como una
visión etérea y fugaz… pero perfecta. Andaba con ligereza, rasgando las cuerdas
de su instrumento y haciendo manar dulces e ininteligibles palabras de su boca.
Se desplazaba tan rápido y de tal manera que parecía huir del joven con el
propósito de hacerlo seguirla, lanzándole a su paso miradas furtivas, llenas de
inocencia. Sus ojos eran dorados y brillantes, sus labios sonreían rojos, su
piel blanca se perdía con el pálido de la nieve y sus cabellos dorados
destellaban como baños de sol. Al detenerse por un momento en un claro que
Félix estaba por alcanzar, se desvaneció junto con la música, como si ni una ni
otra hubieran existido.
En medio de ese lugar donde
Félix andaba todavía taciturno, el vago recuerdo de la canción y de la dama
querían fugársele de la memoria. La música sólo le había pertenecido al viento
que los separó durante la persecución. El «músico del solsticio» se sentía
abrumado ante la incapacidad de poner en notas de su flauta, o en sus palabras
melodiosas, lo que había visto y escuchado, pues nada había aprendido de
aquello, además de la ruta más extraña para perderse en las profundidades del
bosque.
No sentía miedo alguno. Lo
único que le importaba era encontrar a la nueva dueña de su pensamiento. Quería
saber algo de ella, ¡saber su nombre siquiera! Alentado por la necesidad de
verla nuevamente, intentó llamarla con su flauta, produciendo sonidos que
transmitían lo que había sentido ante su presencia. Y aunque no daba
resultados, Félix persistió… y persistió, y persistió, durante tiempo incontable; tal vez la noche
entera…
Fue así como compuso una pieza
extraordinaria que trascendía el espacio y el tiempo, que viajaba con el viento
y llevaba luz a la sombra; que suscitaba inspiración y sueños plácidos, que
emulaba el sol y la luna, que se manifestaba límpida y profunda… Que era
perfecta, tanto que podría reconocerse en ella el verdadero sonido de la
belleza.
Al terminar de entonarla, las
nieves del invierno se disiparon y revelaron al joven el Camino del Silencio
que tanto había estado buscando. Desde donde se hallaba, Félix podía contemplar
la senda que se alargaba hasta las entrañas de la creación, pero también la
ruta de regreso a casa, donde su lugar en el bosque le invitaba a conocer los
nuevos colores, luces y sonidos propios de la estación que había comenzado.
Enrique Bardo - 2013
@sinenbardo

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