En compañía de sombras

El día en que se anunció su nombramiento terrano, Félix supo que se le había
agotado el tiempo. Jamás gozaría de las mismas libertades una vez que asumiera
su posición como protector de la familia espiritual. —¿Qué hace el Hul’An’Khan para reinar? —preguntó
alguna vez a sus hermanos del bosque, pero la respuesta fue confusa: «El rey terrano es aquél que da esperanza a los
suyos; conoce a su gente de hito a hito, inspira a superar las debilidades y
alienta a que las fortalezas se usen con honor y justicia. El poder de nuestro
rey será el de gobernar con el corazón lleno de fuerza, valor y sabiduría».
La verdad es que tales
argumentos no le convencían; le aterraba cumplir con ese destino impuesto.
Había visto incontables batallas entre las bestias comunes, que con uñas y
dientes se desgarraban los cuerpos y las vidas. Había presenciado cómo los Nah’hul se convertían en hombres y se
valían de sus ventajas físicas para dominar la naturaleza. Félix no entendía
qué admiraban de él, quien por más que lo intentara, ni podía convertirse en bestia
y enfrentarse a los demás, ni conseguía disparar una flecha, asir una lanza o
demostrar talento en cualquiera de las habilidades de los aldeanos híbridos.
Durante su corta edad, el joven
no había hecho más que cantar y conocer el bosque. Sabía que sus aptitudes no
se comparaban con lo que la familia espiritual esperaba de él, aunque todos
insistían en lo contrario. Y mientras más pensaba en la mujer de los ojos
dorados, sus deberes próximos le importaban cada vez menos. Pero el
nombramiento era inevitable; nada podía hacer contra la ley del bosque.
Nada sino emprender, en esa
misma noche, un viaje hacia el destino con el que sólo él había soñado y que
sólo él parecía entender.
Lo que encontró en el Camino
del Silencio no se parecía a sus sueños. En ellos, la mujer de los ojos dorados
lo conducía por una senda rodeada de árboles retorcidos y de apariencia
arcaica; sombras que se alzaban con imponente altura y que se desfiguraban para
componer una calzada oscura a través de la que podía distinguirse, en el fondo,
un resplandor tenue, pero cálido; suficiente para iluminar su andar hacia lo
más recóndito del camino.
Pero en la realidad, ni esa ni
otras luces existían en el Camino del Silencio. Tampoco sonidos que lo guiasen
hacia ningún sitio, o que le anunciaran alguna fortuna, buena o mala. Las
sombras se extendían delante suyo hasta perderse en el corazón de lo inmenso.
Aun así, siguió avanzando. Ya había cruzado el umbral de lo antes se habría
creído capaz de andar y nada le motivaba a volver.
Paulatinamente, el frío se
hacía presente con una intensidad parecida a la del Largo Invierno, y las
penumbras lo sobrecogían hasta que ya ni sus pasos le afirmaban si vivía o no, si
habían transcurrido horas o años desde que abandonó el hogar, si avanzaba
despierto, o hacía tiempo que dormía y aquello que se presentaba ante él
formaba parte de otro de sus sueños.
Más allá de lo que la mujer de
los ojos dorados le había mostrado hasta el momento, lejos de lo que sus agudos
sentidos habrían podido percibir, a través de la luz que ilustró innumerables
de sus expediciones oníricas, un gran ojo se abrió para observarlo. Félix oteó
en el interior de su pupila, como si esta fuera una ventana hacia lo
inalcanzable. En su interior encontró un claro del bosque que nunca había
visto. En el centro había un gran arco, construido con piedras talladas,
perfectamente acomodadas, que revelaba la entrada hacia una estancia lóbrega.
En su interior, el joven vio la figura de un hombre cansino, la piel pegada a
los huesos, la mirada gacha y el rostro cubierto de cabellos ralos, color
ceniza, llenándole el semblante de sombras.
El sujeto pareció enterarse de
la presencia de Félix, en la distancia, pues volvió la mirada y atravesó con
ella la puerta de la estancia que se veía en el claro, a través del ojo por el
que Félix había estado observando desde que cayó dormido, entre los arbustos
del Camino del Silencio. Y sus miradas
se cruzaron fugazmente. El joven creyó reconocer lo que esos ojos suplicantes
querían decirle. «Cuida de Lyndis» escuchó justo antes de abrir los ojos. Creyó
haberle visto pronunciar tales palabras, pero no estaba seguro de ello, pues ya
la oscuridad, intensa y agobiante, se había apoderado del entorno.
Ese sentimiento de nostalgia inefable que le
dejó el encuentro con el hombre no tardó en convertirse en miedo. Jamás se
había sentido más solo e indefenso. Jamás el silencio le había parecido tan
amenazante. Jamás los sonidos de su mente le habían parecido tan incomprensibles…
Entonces cayó en cuenta de que
lo que escuchaba no provenía de su interior, sino de algún sitio a su
alrededor. El sonido se aproximaba. Nunca le había ocurrido algo semejante:
sentir una presencia sin escuchar la música de su ser. La única certeza que
tenía de la situación era que por primera vez sentía lo que es el temor ante el
peligro; la verdadera lucha de la vida y la muerte. O mejor dicho, su vida y su muerte. Se preguntó, por un breve instante, si los atributos de Hul’An’Khan que tanto le habían
observado le servirían ante lo que se avecinaba. La respuesta en su interior no
nada alentadora.