22 de septiembre de 2013

Canción para Lyndis, Capítulo 3


Naturaleza Terrana



«¿Quién es la dama que deambula cerca del Camino del Silencio?», preguntó Félix a la princesa, pero ¿cómo explicarle la verdad? ¿Sería mejor que encontrara respuestas por sí mismo? Cuando el niño llegó al bosque, el frío mortal del Largo Invierno ya había cobrado la vida de los mestizos que no partieron al exterior para venerar a los «dioses verdaderos». Ni siquiera su madre, la hermosa mujer que llegó allí con el recién nacido en brazos, había sobrevivido para transmitirle las memorias que podrían haberle unido al mundo, en donde el niño no era más que un bastardo de la historia.
—Debe ser un alma que pena sin saber a dónde ir. Nada puede hacerse por los espíritus más que dejarlos atender sus asuntos—. Como siempre, la respuesta fue enigmática; la princesa del bosque temía de la verdad y sus consecuencias, así que optaba por esconderla tras verdades a medias que el joven tomaba como misterios por resolver. Quizás por eso el joven exploraba el bosque, incansable y sin freno. Constantemente se dirigía hacia el Camino del Silencio y volvía con el rostro aun más plagado de dudas.
La princesa del bosque supo que pronto ocurriría lo inevitable. Luego del inicio de la primavera, Félix ya no era aquel niño inocente y curioso que tanta felicidad les había brindado a todos, sino que lucía como un joven lleno de ilusiones más allá de las que la familia espiritual y El Bosque de la Creación podían satisfacer. Su andar mostraba un espíritu de inquietud insaciable que indicaba el pronto comienzo de una historia no escrita en el destino. Muchos consideraban que, tal como se había dicho, el cambio de estación lo había preparado para recibir el nombramiento terrano con que gobernaría sobre todos, pero la princesa del bosque lo dudaba con una certeza creciente.
Motivada por el aprecio que le tenía, buscó ayuda de los árboles sagrados, pero por más que preguntase, «¿qué debo hacer para orientar a Félix?», no encontraba ninguna respuesta que le brindara satisfacción. Mientras tanto, el bosque se impacientaba; la familia espiritual clamaba el nombramiento de Félix, pues la llegada de la primavera había sido su primer hazaña como rey y protector. Y la princesa, pese a su encrucijada personal, no podía hacerles esperar más. Llamó a todos para reunirse ante el Gran Árbol Padre, donde se llevaría a cabo la ceremonia de nombramiento.
Cuando estuvo todo dispuesto, las bestias y los árboles cantaron en torno a los Nah’hul para que éstos, como muestra de veneración hacia el Hul’An’Khan, mostraran su naturaleza original. Cambiaron su forma y pasaron de verse como osos, zorros, lechuzas y demás bestias comunes, para adoptar la apariencia de los humanos, con dos brazos, dos piernas y rostros de expresión no menos fiera y curtida por el instinto de supervivencia.
Una vez realizado dicho ritual, los Nah’hul cubrieron su desnudez oscura con pieles de los hermanos caídos; se encapucharon con las plumas de las aves para unir sus mentes con la totalidad del cielo y decoraron sus pies con cascabeles, huesos y dientes que sonaban para advertir del fin que tienen los traidores a la ley del bosque. La princesa se presentó vestida con una larga capa de fina seda que dejaba traslucir su cuerpo sinuoso, como si sobre éste corriera un río de aguas límpidas que resaltaban su infinita belleza.
Esa noche sonarían los tambores vigorosos de acelerado estrépito, los Nah’hul estrenarían sus voces de hombres con rugidos agudos y festivos, se tocarían rudimentarias ocarinas y se interpretarían danzas que durarían hasta el amanecer, cuando se hiciera el silencio para que Félix entonara la melodía con la que sellaría el pacto espiritual con las criaturas del bosque, delante del Gran Árbol Padre.
Pero nada de eso ocurrió, porque el Hul’An’Khan nunca apareció.

La movilización de la familia espiritual fue caótica. Nah’hul y bestias comunes emprendieron su búsqueda con la misma furia que les habría guiado en una cacería. Pero seguir el rastro de Félix, en la inmensa mancha forestal, no era empresa fácil; su esencia había impregnado tanto aquel sitio que podría decirse que éste y el joven formaban parte de la misma cosa. Sólo la princesa del bosque sabía exactamente a dónde dirigirse para encontrarlo. Sentía un pesar profundo al sospechar la cercanía de lo inevitable. Pronto Félix se encontraría con el pasado secreto que se guardaba en el bosque. Pero lo que más lamentó fue no haberse alistado para la llegada de aquel momento. Debió haberlo hecho desde el día que escuchó el último canto de la  mujer de los ojos dorados.


Enrique Bardo - 2013
@sinenbardo
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