Naturaleza Terrana
«¿Quién es la dama que deambula cerca del
Camino del Silencio?», preguntó Félix a la princesa, pero ¿cómo explicarle la
verdad? ¿Sería mejor que encontrara respuestas por sí mismo? Cuando el niño
llegó al bosque, el frío mortal del Largo Invierno ya había cobrado la vida de
los mestizos que no partieron al exterior para venerar a los «dioses
verdaderos». Ni siquiera su madre, la hermosa mujer que llegó allí con el
recién nacido en brazos, había sobrevivido para transmitirle las memorias que
podrían haberle unido al mundo, en donde el niño no era más que un bastardo de
la historia.
—Debe ser un alma que pena sin
saber a dónde ir. Nada puede hacerse por los espíritus más que dejarlos atender
sus asuntos—. Como siempre, la respuesta fue enigmática; la princesa del bosque
temía de la verdad y sus consecuencias, así que optaba por esconderla tras
verdades a medias que el joven tomaba como misterios por resolver. Quizás por
eso el joven exploraba el bosque, incansable y sin freno. Constantemente se
dirigía hacia el Camino del Silencio y volvía con el rostro aun más plagado de
dudas.
La princesa del bosque supo que
pronto ocurriría lo inevitable. Luego del inicio de la primavera, Félix ya no
era aquel niño inocente y curioso que tanta felicidad les había brindado a
todos, sino que lucía como un joven lleno de ilusiones más allá de las que la
familia espiritual y El Bosque de la Creación podían satisfacer. Su andar
mostraba un espíritu de inquietud insaciable que indicaba el pronto comienzo de
una historia no escrita en el destino. Muchos consideraban que, tal como se
había dicho, el cambio de estación lo había preparado para recibir el
nombramiento terrano con que
gobernaría sobre todos, pero la princesa del bosque lo dudaba con una certeza
creciente.
Motivada por el aprecio que le
tenía, buscó ayuda de los árboles sagrados, pero por más que preguntase, «¿qué
debo hacer para orientar a Félix?», no encontraba ninguna respuesta que le
brindara satisfacción. Mientras tanto, el bosque se impacientaba; la familia
espiritual clamaba el nombramiento de Félix, pues la llegada de la primavera
había sido su primer hazaña como rey y protector. Y la princesa, pese a su
encrucijada personal, no podía hacerles esperar más. Llamó a todos para reunirse
ante el Gran Árbol Padre, donde se llevaría a cabo la ceremonia de
nombramiento.
Cuando estuvo todo dispuesto,
las bestias y los árboles cantaron en torno a los Nah’hul para que éstos, como muestra de veneración hacia el Hul’An’Khan, mostraran su naturaleza
original. Cambiaron su forma y pasaron de verse como osos, zorros, lechuzas y
demás bestias comunes, para adoptar la apariencia de los humanos, con dos
brazos, dos piernas y rostros de expresión no menos fiera y curtida por el
instinto de supervivencia.
Una vez realizado dicho ritual,
los Nah’hul cubrieron su desnudez
oscura con pieles de los hermanos caídos; se encapucharon con las plumas de las
aves para unir sus mentes con la totalidad del cielo y decoraron sus pies con
cascabeles, huesos y dientes que sonaban para advertir del fin que tienen los
traidores a la ley del bosque. La princesa se presentó vestida con una larga
capa de fina seda que dejaba traslucir su cuerpo sinuoso, como si sobre éste
corriera un río de aguas límpidas que resaltaban su infinita belleza.
Esa noche sonarían los tambores
vigorosos de acelerado estrépito, los Nah’hul
estrenarían sus voces de hombres con rugidos agudos y festivos, se tocarían
rudimentarias ocarinas y se interpretarían danzas que durarían hasta el
amanecer, cuando se hiciera el silencio para que Félix entonara la melodía con
la que sellaría el pacto espiritual con las criaturas del bosque, delante del
Gran Árbol Padre.
Pero nada de eso ocurrió,
porque el Hul’An’Khan nunca apareció.
La movilización de la familia
espiritual fue caótica. Nah’hul y
bestias comunes emprendieron su búsqueda con la misma furia que les habría
guiado en una cacería. Pero seguir el rastro de Félix, en la inmensa mancha
forestal, no era empresa fácil; su esencia había impregnado tanto aquel sitio
que podría decirse que éste y el joven formaban parte de la misma cosa. Sólo la
princesa del bosque sabía exactamente a dónde dirigirse para encontrarlo.
Sentía un pesar profundo al sospechar la cercanía de lo inevitable. Pronto Félix
se encontraría con el pasado secreto que se guardaba en el bosque. Pero lo que
más lamentó fue no haberse alistado para la llegada de aquel momento. Debió
haberlo hecho desde el día que escuchó el último canto de la mujer de los ojos dorados.
Enrique Bardo - 2013
@sinenbardo

No hay comentarios:
Publicar un comentario